Un cabro presidente electo

Fue electo un nuevo presidente en Chile y se despiertan reflexiones sobre lo importante que es la lucha del pueblo, preguntas sobre la Patria Grande y el futuro de Latinoamérica.
gabriel boric presidente chile

En 2006, cuando en todo Chile irrumpía la que conocimos como la revolución de los pingüinos,[1] Gabriel Boric terminaba sus estudios medios. En aquellas jornadas, que viví de cerca en el frío junio de ese año inolvidable, supe que allí se estaba gestando algo muy importante que, más temprano que tarde, habría de madurar y cambiaría a Chile para siempre. La dimensión del protagonismo directo, surgido desde las aulas, era extraordinaria. Hablamos de más de 900.000 estudiantes movilizados (¡de un total que apenas alcanzaba el millón, en aquel momento!). Las Asambleas Generales estaban integradas por 1700 voceros y voceras (elegidos/as en las asambleas de cada colegio tomado) que portaban las resoluciones e informes de más de 800 liceos. No era una lucha más.

Las expresiones de autoorganización eran tan variadas como significativas. También hacia dentro de los propios colegios, donde se desarrollaban distintas actividades promovidas y guiadas por sendas comisiones: Política, Relaciones Externas, Limpieza, Organización, Comida, Finanzas, Seguridad. En los foros organizados dentro de los liceos se discutía de todo: educación, arte, sexualidad, la necesidad de espacios propios para encontrarse, para reconocerse. La palabra más pronunciada: solidaridad. Lo que más parecían apreciar era haber descuadernado el funcionamiento regimentado y normativo al que los sometía la educación del Estado y del mercado,[2] y eso los hizo redescubrirse mutuamente: estaban en lucha y estaban felices. En pocas semanas, habían desbaratado la gélida normalización social que la democracia chilena imaginaba realizada. Nunca habrían de ser los mismos.

Chile tampoco.

En cientos de pancartas, banderas y pintadas, se leía “Bachelet, ¿estás conmigo?” (dirigidas a la entonces presidenta de Chile que, en su campaña electoral —apenas unos meses antes—, había llevado como consigna central el lema “Estoy contigo”), lo que daba cuenta de un emplazamiento, pero, también, de cierta expectativa.

Las pingüinas y los pingüinos revitalizaron el movimiento social, y el protagonismo de las jóvenes estudiantes secundarias fue decisivo para ello. Juntos pusieron “contra la pared” al gobierno, como admitió entonces el ministro Andrés Zaldívar.[3]

Esta huella imborrable no le resulta ajena al reciente presidente electo. Boric, dijo en estos días —entre otras cosas importantes—: “¿Cuántos de ustedes marcharon el 2006, el 2011, el 2012? Somos de una generación que emerge a la vida pública demandando que la educación sea un derecho y no un bien de consumo”. Y agregó que piensa terminar con la AFP (lo que lo hace volver a su programa original), el particular sistema de pensiones chileno que hace a privados invertir con los dineros que la gente impone obligatoriamente para la jubilación sin hacerlos participar de las ganancias. “No queremos que sigan haciendo negocios con nuestras pensiones”.

En los primeros (y nefastos) meses de 2016, cuando un engendro neofascista irrumpía en la escena contemporánea argentina —con los votos de una mayoría que nos estrujó el alma— daba inicio el ciclo de endeudamiento y fuga más estrepitoso de nuestra historia. Los objetivos eran los de siempre (apertura comercial, flexibilización laboral, privatización y liberalización financiera), aunque esta vez habían sofisticado las herramientas; en fin, su obsesión era desplazar cualquier ilusión de defensa de lo público, de políticas igualitarias e inclusivas, de reivindicaciones sociales y laborales, todas juntas identificadas con aquello que llamaban a odiar: el populismo y a todos/as quienes se identificasen con él. En aquellos primeros meses aciagos —decía— Álvaro García Linera avisaba:

“No debemos asustarnos ni ser pesimistas ante el futuro, ante las batallas que se vienen. Cuando Marx analizaba los procesos revolucionarios, en 1848 [se refiere, claro, a la Primavera de los Pueblos o Año de las Revoluciones, la oleada revolucionaria que acabó con la Europa de la Restauración, esto es el predominio del absolutismo en el continente europeo desde el Congreso de Viena de 1814-1815], siempre hablaba de la revolución como un proceso por oleadas, nunca como un proceso ascendente o continuo, permanentemente en ofensiva. La realidad de entonces y la actual muestran que las clases subalternas organizan sus iniciativas históricas por temporalidades, por oleadas: ascendentes un tiempo, con repliegues temporales después, para luego asumir, nuevamente, grandes iniciativas históricas. Así, una y otra vez, hasta que el curso de la historia y las necesidades colectivas encuentran el cauce de satisfacción para ese descontento y creatividad social”.

¿Estamos ante una nueva oleada de gobiernos populares? ¿Será el querido Lula y el inmenso Brasil el paso que resta para consolidarla y emprender (otra vez) lo que sea necesario para que la Patria Grande no sea una ilusión sino lo único que quizá (quizá) nos permita salir del pantano del neofascismo neoliberal?

Un viejo conocido, militante de todas las luchas, protagonista de todas las resistencias, testarudo y entrañable, nos decía en los días de junio de 2006: “Hay que escuchar a estos cabros.[4] Y, aun así, no es solo lo que dicen y lo que están haciendo. Es algo más: están quebrando el miedo con el que hemos vivido durante décadas”.

No es imposible que nos hayamos cruzado con el joven estudiante secundario Gabriel Boric en el junio de hace quince años. ¿En el Instituto Nacional de Chile, el colegio más antiguo de la República? ¿En Valparaíso? En esa ciudad portuaria, más precisamente en el Liceo Eduardo de la Barra (entonces con 144 años de historia y una particularidad: allí estudió Salvador Allende), estuvimos en los salones internos hablando con sus voceras/os. De pronto alguien, con mucho cuidado, golpeó una puerta lateral. Un momento después ésta se abría. Y un profesor de unos 55 años se asomó y, respetuosamente, preguntó: “¿Puedo pasar al baño?”.

Democracia y plazas, que lo que viene no es fácil. Todas las democracias con gobiernos populares de NuestraAmérica, sufren, de manera cotidiana e impiadosa, la confluencia siniestra y desestabilizante, sin más: golpista, de esa tríada funesta integrada por los medios de comunicación, el poder concentrado y la (in)justicia. Nuestros gobiernos necesitan ensanchar, frente a cada medida significativa (es decir aquellas que vienen a mejorar la vida de nuestra gente), su base de sustentación, puesto que las elecciones, siendo fundamentales, no son suficientes. Y esa base de sustentación solo puede ampliarla el pueblo en la calle.

A ver quién puede y quién no pasar al baño.


[1] Así se conoce a los/as estudiantes secundarios en Chile, desde siempre, por su uniforme.

[2] Herencia intocada e intocable del pinochetismo.

[3] ministro de Estado del gobierno de Bachelet.

[4] Denominación que le dan en Chile a los/as adolescentes.

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