Sobre el fin

"Ya dejé de creer en que voy a vivir el fin del mundo. Sospecho que en cada época, desde los comienzos de todo, siempre hubo jóvenes que pensaron que eran testigos del fin. ¿Qué debe haber pensado la gente que tenía mi edad cuando estalló la bomba nuclear en Hiroshima?". Una nueva columna de Martina Evangelista.

“Entiendo que no vas a aceptar / que todo lo que viene es peor” canta Santiago Barrionuevo en el último álbum que sacó con su banda. ¿Todo lo que viene es peor? me pregunto a mí misma y se lo pregunto a personas más grandes que, considero, ya saben la respuesta. No encuentro mucha esperanza en lo que me dicen.

La nostalgia es algo que intento evitar todo el tiempo. Cuando me afirman que ya no hay música como la de antes, o libros como los de antes, o cuál es el sentido del trap, o por qué ahora todo es igual, hago mis mayores esfuerzos para responder que no, que hay música actual muy hermosa, que hay escritores y escritoras contemporáneos muy buenos, que no todo lo que hoy se produce es igual. Doy ejemplos, defiendo mi generación y las que orbitan cerca. No sé muy bien cuál es el motivo, pero hay algo colectivo entre la gente de mi edad y un poco más que no veo en otras. Tampoco sé si tiene que ver con el hecho de haber nacido a fines de un siglo, la sensación de haber quedado en el medio de algo, tal como queda en el medio un miércoles. Nacimos siendo parte de una generación y cuando escuchamos que la critican la defendemos espontáneamente. Como si se activara de manera automática la defensa de una tribu a la cual nunca terminamos de ver completa, pero nos sentimos parte.

El término nostalgia viene del griego y es una mezcla entre las palabras regreso y dolor. Por eso intento evitarla, aunque a veces no sea posible. No quiero regresar al pasado, me aburre escuchar cuando la gente más grande dice que ya nada es lo que era. Porque no, nada es estático, nada es lo que fue antes. Sobre todo la evito en estos tiempos, donde se cree que vamos hacia el final de todo y, como dice Santiago, todo lo que viene es peor.

Ya dejé de creer en que voy a vivir el fin del mundo. Sospecho que en cada época, desde los comienzos de todo, siempre hubo jóvenes que pensaron que eran testigos del fin. ¿Qué debe haber pensado la gente que tenía mi edad cuando estalló la bomba nuclear en Hiroshima? O la fiebre amarilla, o el sida, o la pandemia. Cada generación va a creer que está viviendo el fin del mundo y así sucesivamente hasta que a una le toque realmente. Quizás yo lo viva, o no, pero siento que ya no tiene tanto sentido sentirse protagonista de algo tan extremo. Al fin y al cabo, todos vamos camino al Apocalipsis.

El mató a un policía motorizado, la banda que nombré al principio, es una de mis preferidas. Casi todos sus cd’s rondan la idea del fin del mundo, del final, de carreteras vacías, fuego, armas, y destrucción. Los personajes esperan el Armagedón, saben que todos los que conocen morirán. Hay algo que se repite y que a la vez nunca se termina de entender si hay futuro o no, y me hace pensar en esto que dice Mariana Enríquez de los fantasmas y que en Argentina todo es fantasmal porque se repite y se repite y todo vuelve a empezar. La derecha, la izquierda, las deudas, la inflación, el tira y afloje. Argentina como un loop constante, un apocalipsis eterno.

A pesar de que todo está mal y que todos van a morir, a pesar de que se espera a la muerte sentado en un techo, con un rifle en las manos, en las letras de El mató la belleza y la simpleza siempre terminan resurgiendo y sobreviven al espanto. Un pelo rubio flotando en el viento, la luz de la luna entrando por unas ventanas, querer sentir temor, mirarse con alguien por el espejo retrovisor. Pequeñas cosas que terminan de darle sentido, una vez más, a la vida. Y a querer sobrevivir.

“No pierdas la simpleza” dice Luca Bocci, otro músico que me gusta mucho y es una frase que me da ganas de enarbolar y flamear en una bandera hasta el fin de los días. Porque estoy segura que en el apocalipsis vamos a querer presenciar esas cosas simples: un pelo rubio flotando en el viento, la luz de la luna entrando por las ventanas, querer sentir temor. Cruzar miradas en un espejo retrovisor.

Hace unos días se murió una artista que me gustaba mucho: Concha García Zaera, más conocida como “La abuela del Paint”. No me acuerdo cómo llegué a su cuenta, pero la sigo hace varios años. Conchita hacía arte con el Paint. Tenía más de noventa años y aprendió a usar la herramienta de Microsoft para seguir dibujando. Cuando sus seguidores le preguntaban por qué no aprendía Photoshop u otros programas, ella contestaba que no iba a hacerlo: “No me cambiaría a Photoshop porque tendría que aprender de nuevo y me llevaría mucho tiempo y yo con el Paint disfruto y me siento cómoda.” Simple. Hermoso. Conchita hizo, con una herramienta que todos subestimamos, arte. Sus dibujos eran muy lindos. Paisajes, flores, pájaros, un nene tocando la flauta mientras un gato lo mira hipnotizado. Conchita nunca perdió la simpleza.

Es difícil a veces ubicarse en una postura más lógica y no glorificar el pasado ni asesinar el futuro, o viceversa. Tampoco creo muy verosímil la corriente que afirma que no hay tal calentamiento global, o que las máquinas vienen a salvar el mundo. Y la traigo a Conchita a colación porque me parece un ejemplo hermoso de cómo alguien de otra época, sin quedarse en la comodidad de la nostalgia, incursionó en el presente haciendo algo desde su simple disfrute y sin mucha vuelta: dibujar cosas en el Paint. La figura de Conchita fue furor y al momento de su muerte tenía más de 300 mil seguidores. Y lo que me gustaba ver de su cuenta, aparte de sus obras de arte, eran los comentarios que le dejaba la gente: todos muy amorosos. En sus posteos, no hay haters. Sólo gente, sobre todo gente joven, mandándole cariño, felicitándola, admirándola genuinamente. Y eso también me gusta destacarlo porque hoy en día se cree taxativamente que en las redes todo es malo, todo es hate, todo es crítica. Y no siempre es así.

Me doy cuenta, de casualidad, que el término nostalgia está presente en el libro que estoy leyendo estos días: Nostalgia de otro mundo. Es una recopilación de cuentos de Ottessa Moshfegh, una escritora contemporánea estadounidense que me gusta mucho. En sus relatos, los personajes son raros, oscuros, bordean o entran en lo morboso. Una maestra alcohólica que quiere renunciar y no lo termina haciendo, un hombre que se enamora de la mujer que atiende en el ciber y nunca se anima a acercarse, un viejo que se obsesiona con su vecina joven y se dedica a escuchar los ruidos de la casa de al lado. En el último cuento, “Un lugar mejor”, la narradora, una nena, cree que ella y su hermano no son de este planeta, que fueron enviados de otro lado y la única forma de volver a su tierra es matando a alguien. En inglés, el título original del libro es Homesick for another world, lo que termina de englobar el sentido que experimentan los personajes de sus cuentos: ese anhelo, esa nostalgia de regresar a un lugar imaginado, que seguramente nunca haya existido; la insatisfacción por el presente que impide, además, llegar a un futuro más ameno.

Otra persona que murió hace unos días es Milan Kundera, uno de los primeros escritores que me acercaron a la literatura. Leí La insoportable levedad del ser cuando era adolescente y ahora quiero volver a leerlo. El autor hablaba mucho sobre la nostalgia y comienza esa novela hablando sobre la idea del retorno, del filósofo alemán Friedrich Nietzsche. Al respecto, Kundera señala: “El mito  del  eterno  retorno  viene  a  decir,  per  negationem,  que una vida que desaparece de una vez para siempre, que no retorna, es como una sombra, carece  de  peso,  está  muerta  de  antemano  y,  si  ha  sido  horrorosa,  bella,  elevada,  ese horror, esa elevación o esa belleza, nada significan”.

Dicho en otras palabras, palabras que canta Santiago en el último CD, todo es malo, pero no debería preocuparte: Vos, vos y todos vamos a terminar en ese lugar, pero nada de esto debería preocuparte.

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