Perdiendo el tiempo

¿Se puede estar todo el tiempo en movimiento? Los mensajes de las constantes fake lifes y una cultura que exige más allá de lo humano. Los imperativos de una época. Una nueva columna de Martina Evangelista.

La otra noche una amiga me invitó al recital de Jorge Drexler. Tenía entradas y los asientos estaban ubicados en un lugar privilegiado, así que la acompañé (me cuesta mucho negarme a todo lo que sea entretenimiento gratis). El recital estuvo lindo y sonó bien, aunque lo vi con esa sensación un poco vacía que se siente cuando estás viendo tocar a un artista del cual no sos fan. Cantó sus canciones de siempre y algunas nuevas. El uruguayo estaba vestido monocromáticamente, totalmente de blanco, de pies a cabeza, y besó el escenario de rodillas, varias veces. Habló muchísimo sobre el amor, habló muchísimo sobre la evolución de la especie como un producto del amor, habló sobre todo del amor, y hubo un concepto que repitió y repitió, no sólo en sus letras, sino también en los intervalos, en las pausas entre canción y canción, y es esta idea de la oda al movimiento. De hecho, una de sus canciones termina diciendo “si quieres ver algo muerto, déjalo quieto”.

Y yo que venía estas semanas pensando en todo esto –el estar quieta, el moverse, la insistencia per sé de cumplir con todo, de asistir a todo, la presión de que, si no estás lleno de tareas y horarios y actividades estás deprimida, pero, a la vez, si no parás de hacer cosas y cumplís con todo sin darte un descanso, sos una maníaca— me abracé a la idea que venía teniendo en mi cabeza: yo no quiero estar todo el tiempo en movimiento.

Más allá de la relación intrínseca con el mandato capitalista de producción, y que es imposible desligar una cosa con la otra, noto a mi alrededor que últimamente se levanta más que nunca la bandera del constante movimiento, acompañado de una vida ordenada: el lifestyle correcto, las rutinas, las salidas, el supuesto equilibrio que hay que tener entre lo “divertido” y el trabajo (éste último siempre visto como algo dignificante, sin parar un segundo a repensarlo). No sé por qué hay tantas desconocidas en mi teléfono mostrándome sus rutinas a la mañana: estiran el cuerpo, con calzas muy apretadas que les quedan perfectas, se hacen un batido antioxidante de matcha, después el skin-care, se maquillan y marcan los contornos de sus pómulos para verse más flaca, se visten y salen a trabajar con unos lookazos, van al gimnasio, vuelven, tienen la casa siempre ordenada, se bañan, salen a recitales con amigos, van a tomar algo; pero nunca, nunca se rompen: se acuestan temprano.

Yo no sé si esto realmente pasa, porque lo que veo en mí, y en la gente que me rodea, y en los amigos de amigos, es que en la vida real todos somos un poquito más extremos: si salimos, nos rompemos y al otro día estamos con una resaca total. Si trabajamos todo el día, a la noche llegamos a casa y comemos una hamburguesa y nos dormimos sin bañarnos. Nuestras tazas tienen manchas, desayunamos mate, fumamos muchas cosas, a veces nos deprimimos.

Supuestamente estas cosas son parte de la intimidad de cada unx, pero se llegó a un punto en que ni lo privado ni lo íntimo es ya ni privado ni íntimo. O, mejor dicho, todo lo que conocíamos como el ámbito público, lo vino a invadir el ámbito privado: no vemos otra cosa que lo íntimo y pequeño. Hace poco una amiga me decía que ni siquiera puede verse desarreglada estando de entrecasa, y pensaba en lo mucho que tiene que ver estas imágenes de las supuestas rutinas tan prolijas y responsables, donde siempre hay sol y las pieles están perfectas. Entonces, hasta en nuestras propias casas debemos cumplir con una lista de cosas y con el orden y la belleza. Es el constante movimiento, aunque nadie nos esté mirando. Pero cuando nadie nos mira, ¿realmente las hacemos? ¿se puede estar todo el tiempo en movimiento?

Las fake news no son las únicas mentiras en las redes. Las fake lifes también están por todas partes. Y las siento muy peligrosas porque, al igual que los lectores pueden creer que una noticia falsa es real, cualquier persona que tenga Instagram puede creerse que la vida del resto es así de hermosa, prolija y constante. Y la verdad es que no, no lo son.

Hace poco leí ¿Acaso no matan a los caballos?, una de las primeras novelas de género negro, escrita por Horace McCoy, en 1935. El protagonista es juzgado por asesinar a su compañera de competición en un concurso de resistencia de baile. La invención de este mundo, donde cientos de parejas están dispuestas a ser torturadas y explotadas por días y días (no pueden dejar de moverse, sino quedan descalificados) a cambio de ganar el premio o, simplemente, a cambio de tener techo, comida y algo de fama, genera un ambiente violento y degradante. Los competidores colapsan, se caen, se lastiman, se golpean entre ellos. No pueden dejar de moverse, pasan días y días en una pista, donde las estrellas de Hollywood pueden ir, sentarse en las gradas para contemplarlos y disfrutar del espectáculo. Hay marcas que los esponsorean, gente que apuesta quién va a ganar, quién va a perder. La mayoría de los competidores son intentos de actrices y actores, buscando triunfar en el cine, en la tele, intentando concretar el sueño americano. Nadie lo logra. El protagonista le insiste todo el tiempo a su compañera que no desista, que no deje de moverse, que ya falta poco. Pero ella solo quiere morirse.

Esta idea del movimiento llevada al extremo y la competencia por quién hace más y quién lo hace mejor me hizo pensar en lo que veo a mi alrededor y cómo todos y todas entienden que alcanzar la gloria (nunca me queda claro qué tipo de gloria es) significa no parar de hacer cosas, no parar de moverse, andar como autómatas por la vida ignorando todo lo demás y, encima, pagando el costo del esfuerzo con la salud física y mental. Gracias Juliana Gattas, gracias por ser parte de Miranda! y por ser tan sincera en una entrevista que te hicieron hace poco. Dijiste sin tapujos: “soy medio vagoneta y muy poco ambiciosa”.

Hace unos meses Alexandra Kohan escribió sobre el tiempo en su newsletter, Atención flotante:

“Me resisto, en la medida de lo posible, a ese imperativo productivista de ‘no hay tiempo que perder’, como si el tiempo pudiera no perderse. ‘Es mejor asumir que hay cosas que hacemos por puro gusto, sin provecho ni rendimiento’, dijo una vez Martín Kohan. Y es que uno de los signos de esta época, o al menos lo que se hace ver constantemente, es la dificultad de perder algo, de perderse de algo, de perderse del mundo un rato. Las formulaciones ‘perder tiempo’, ‘ganar tiempo’, optimizarlo, aprovecharlo, no son sino ilusiones, entre neuróticas y empresariales. Todavía creemos que podemos hacer algo para no perder tiempo. Nada más ineluctable que la pérdida de tiempo. El tiempo acaso sea la nota más cercana que podemos experimentar de lo que es sólo pérdida. Pasa el tiempo –y eso es tan irreversible como la muerte misma—, lo queramos o no. Y esa es su fatalidad.”

Me gusta esta idea de que el tiempo, estés lo que estés haciendo, se pierde. Nunca deja de perderse. Me gusta porque me sirve para seguir defendiendo el ocio, para seguir defendiendo el quedarse a veces quieta, y perder un poco el tiempo. Tirar con lo que hay.

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