Militantes libertarios en la Ciudad de Buenos Aires

Un séquito militante que aumenta a base de constancia para reunir adeptos, discusión con el adversario, y mucho diálogo. Un breve perfil del simpatizante porteño de Milei.


El ascenso de la figura de Javier Milei tuvo varios niveles: desde economista mediático disruptivo que corría “por derecha” al gobierno de Mauricio Macri y, de manera implícita, al mainstream de economistas de usual consulta en los principales medios, a este precandidato presidencial que mantiene un piso del 20 % de los votos en las encuestas y que, en el último tiempo parece incluso subir, generando apoyos y preguntas tanto en el arco político como en sectores del poder económico.

La mayoría de los análisis mediáticos se centran en la figura de Milei, en sus discursos y declaraciones públicas, y, últimamente, en sus formas de financiamiento, tanto en lo que hace a su campaña como a su vida personal. Adicionalmente, se lo caracteriza como personificando un “fenómeno”, una disrupción inesperada en un panorama político relativamente estable marcado por la contraposición de dos grandes coaliciones

Este enfoque, que tiende a centrarse quizás excesivamente sólo en su figura y que ignora una lógica más afín a un proceso que a un fenómeno repentino, suele generar que en ciertas ocasiones se ignore a la militancia activa que está detrás de Milei o que, en cambio, se la integre a una masa uniforme de votantes, que acuden a los brazos del economista para expresar un abanico de desesperaciones económicas. Así, por ejemplo, el presidente de una de las consultoras más importantes de la Argentina definía al votante de Milei, no sin cierto tono peyorativo, como “motoqueros de Rappi”.

Enojados vs doctrinarios
De la misma manera se suele plantear que el grueso de los votantes de Milei no son “liberales” o “libertarios”, como se define el economista, sino que, de vuelta, responderían a una furia un tanto ciega que, a partir del enojo con el peronismo kirchnerista o con Juntos por el Cambio, se desplazan hacia él.  Esta idea no sólo es un tanto prejuiciosa (buscando por un lado minimizar una ideología en sí misma, imputándole sus supuestos fieles a una bronca pasajera; y por otro subestimando que una persona común pueda adscribir a esos postulados, por más radicales que sean), sino que también es un poco ilusoria –¿qué porcentaje del histórico 54 % que obtuvo Cristina Fernández de Kirchner en 2011 eran peronistas? ¿Cuántos votantes de Macri en 2015 y 2019 expresan abiertamente un discurso neoliberal?— y en algunos puntos no resiste un análisis apenas un poco más profundo: después de todo, Milei no es el único que en los últimos años se presentó por fuera de la “grieta”: lo intentó el peronismo no kirchnerista de varias formas, y fracasó; lo hace la izquierda trotskista a partir de una coalición estable y más allá de ciertos éxitos no logra romper un techo de cinco o seis puntos a nivel nacional.

Se cae de maduro que la mayoría de los que votan a Milei no lo militan activamente, en el día a día; tampoco lo hacen los que eligen otras opciones electorales. Sin embargo, creo que no resulta inteligente, ni a efectos prácticos ni para ayudar a comprender el proceso que deriva en su ascenso, ignorar a los que sí lo hacen. A efectos prácticos, porque representan algo nuevo; si bien han existido juventudes de derecha en la historia argentina –algunas de ellas muy relevantes—, no es menos cierto que desde 1983 hasta la fecha la participación joven ha estado orientada de manera mayoritaria hacia el peronismo y la izquierda en sus distintas vertientes.

Lo interesante en lo que hace a Milei es que comenzó a consolidar una buena base de seguidores incluso antes de lanzarse de manera activa y decidida a la política; lo hizo, incluso, en épocas en las que rechazaba taxativamente “meterse” en la política electoral. De esa manera podía, por ejemplo, ya en 2019 superar la capacidad de la sala más grande de la Feria del Libro de Buenos Aires, para presentar un libro de su autoría, contar con canales de Youtube dedicados exclusivamente a él que subían regularmente sus participaciones en TV, o que bandas de rock le dedicaran temas en los que, de manera ¿premonitoria? lo presentaban como “futuro presidente”.

A partir del paso adelante de Milei y de su decisión de incorporarse a la política electoral, se fue consolidando una base ya no de seguidores, sino de militantes activos, que, en su interior, también adquiere distintas formas; los hay más pragmáticos y más doctrinarios, hay quienes aparecen orbitando alrededor de la figura de Milei, sin necesariamente un partido, agrupación o espacio político que los contenga y los que buscan encolumnarse en una estructura partidaria organizada.

Estos últimos son los más interesantes para observar porque es ahí donde se reflejan qué actividades y prácticas toman en cuenta y cuáles priorizan; cómo se posicionan frente a otros espacios ya no sólo a partir de una serie de ideas y postulados sino también en las formas de proceder y acercarse a la gente;  y el valor que le dan al compromiso y la “seriedad” de los militantes en cuanto a lo que hacen.


Hace ya más de un año que sigo las actividades del Partido Libertario de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, que –hablando un lenguaje más frecuente en tradiciones políticas opuestas— vendrían a representar las “bases” del movimiento liberal libertario que se nuclea detrás de la figura de Milei. Y sobre esto último es que muchos de los militantes aclararían algo: lo central no es la figura del economista. “Acá lo que importa no es Milei, sino las ideas”, me dice la referente de una comuna, un sábado a la tarde en una famosa esquina del norte de la Ciudad de Buenos Aires. Otro militante asiente y reafirma: “Si Milei mañana deja la política, nosotros vamos a seguir estando acá”.


Es importante remarcar que lo que detallo parte sólo de aquellos militantes porteños; no en detrimento de los espacios liberales/libertarios en otras partes del país, que por supuesto existen, sino como expresión más formada, más acabada y mejor organizada, algo que se debe principalmente a que Milei representa en el Congreso a este distrito; de la misma manera, su alianza política tiene cinco bancas en la legislatura local; dos de esos cinco legisladores llegaron por el Partido Libertario. Por otro lado, su actividad, sus discusiones, sus apreciaciones sobre la coyuntura política, parten de la ciudad pero lo mayor, lo que más activamente les interesa, y aquello por lo cual se movilizan es la candidatura presidencial de su líder.

También son conscientes de lo que genera Milei, tanto a favor como en contra: en el diálogo con la gente común que pasa, no hay sólo una búsqueda de adhesión, sino que también hay un esfuerzo por explicar sus ideas, por más complejas que parezcan: ¿Hay una recorrida por Villa Devoto, y un grupo de linyeras está dispuesto a escuchar sobre qué implica una dolarización de la economía? Se explica con la mayor simpleza posible; ¿Los postulados de la ideología libertaria resultan lejanos para la mayoría de los argentinos? Se reparten volantes desarrollando, de manera abreviada (quizás demasiado abreviada), qué supone serlo, y a qué autores leer si se quiere profundizar. Hay, por supuesto, un esfuerzo por convencer a gente que tiene reservas con Milei no tanto por el contenido ideológico de su propuesta sino por sus modos; en general son comprensivos con la gente que lo expresa –que por lo general es gente de edad más avanzada—, pero al mismo tiempo buscan “explicar” ese enojo: “Como para no gritar con lo que nos están haciendo”, reflexiona un militante joven cuando un hombre grande les dice que Milei “no tiene que gritar tanto”.

Una buena cantidad de los análisis sobre el devenir del proceso Milei lleva, también, a marcar las contradicciones entre su discurso “anti-casta” (como él mismo define a su cruzada contra las dos coaliciones mayoritarias, los sindicalistas, las organizaciones sociales y una buena parte de los empresarios), y su adhesión electoral a sellos provinciales con trayectorias muy poco coherentes ideológicamente. La observación crítica es legítima, pero en muchos casos está dotada también de una visión peyorativa que sostiene que Milei “engaña” a sus militantes aliándose con estos partidos y figuras.

Contrariamente a esto, los libertarios –al menos lo de CABA— elaboran formas de comprender y/o justificar estas alianzas, y en la mayoría de los casos no caen en una simplificación del tipo “si Milei lo hace, está bien”; sino que lo plantean en función de algo pragmático y necesario, e incluso pasajero, o subvirtiendo ciertos roles: sugieren que no es Milei quien busca a figuras polémicas (no solo en cuestiones ideológicas sino también por ciertas prácticas) como Ricardo Bussi, sino que son estas figuras quienes lo buscan a él por su popularidad. De esta manera, parece quedar a salvo del escrutinio del resto del arco político, de los medios, o incluso de las líneas internas de su frente. No es la única posición: en otros casos, se acepta, no sin cierta resignación, que en la política “hay que ensuciarse”.


Los matices y la forma de posicionarse de los libertarios frente al ascenso de Milei, y a la coyuntura nacional, no terminan acá. Esto es sólo una muestra de lo que una parte de los seguidores del economista desarrollan como actividades políticas militantes.
El ascenso de Milei no debe reducirse a un “fenómeno”, ni su figura se constituye como algo individual. Más allá de que en él y en muchos de su seguidores esté el enojo como catalizador a la hora de actuar políticamente, esa reacción se sólo el inicio de algo que después se podrá profundizar por otros medios: en este caso en una militancia que –al igual que el ascenso de Milei— se sabe cómo empieza pero no cuándo (y dónde) termina.



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