El cansancio se volvió una de las marcas más visibles de este tiempo en Argentina. No solo el cansancio físico, ese que se acumula en jornadas cada vez más largas, mal pagas y precarizadas: el cansancio social y político que atraviesa todos los discursos. Un cansancio que no se alivia durmiendo, porque no proviene únicamente del desgaste individual, llega de la sensación de estar habitando un país que se repite en la fatiga, que nos empuja hacia la resignación.
Con el gobierno de los hermanos Milei, la palabra “ajuste” se ha convertido en rutina. Y la rutina del ajuste produce agotamiento. La pérdida de subsidios, la caída del consumo, los aumentos constantes, generan un clima donde cada decisión cotidiana —pagar un servicio, cocinar, viajar, comprar un medicamento— se vive como una carrera de obstáculos. Cada aspecto de la vida cotidiana se encuentra en una negociación permanente con la carencia. Ya no solo se trata de ganar menos o pagar más: es el desgaste de tener que calcular todo el tiempo todo, de transformar cada decisión mínima en una estrategia de supervivencia. Ir al super y reacomodar la lista de compras, muchas veces, en función de los precios; prender el aire y pensar cuántas horas podrá estar encendido calentando la habitación; mermar las salidas y cancelar algunas, posponer tratamientos médicos, cortar el consumo de alimentos frescos. El ajuste instala un cansancio de tipo administrativo que nos obliga a convertirnos en gestores permanentes de la escasez. Se parece a llevar una oficina personal de crisis dentro de la cabeza: un Excel invisible que nunca cierra y que hay que actualizar en cada decisión mínima.
Ese desgaste, además de ser económico, es también emocional y simbólico. La rutina del ajuste erosiona la confianza en el futuro. La sensación de que nada alcanza, de que todo se encarece, de que las promesas políticas se reducen al sacrificio, va debilitando la capacidad de proyectar. No poder proyectar es una de las formas más profundas del agotamiento: vivir atrapado en el corto plazo. Por eso el ajuste agota la vida. Sustrae energía vital, vuelve frágiles las relaciones, instala un clima de fatiga colectiva donde se pierden muchas cosas más que poder adquisitivo. El cansancio es una realidad material que se acumula en todos nuestros discursos, espacios y tiempos. ¿Cómo no estar cansados de todo si hace rato vivimos con más de un trabajo, con muy poco trabajo, o con trabajos que parecen no terminar nunca? ¿Cómo no agotarse cuando la supervivencia exige multiplicar tareas, extender jornadas, responder mensajes a cualquier hora, sostener la casa y el empleo como si fueran la misma cosa? El cansancio, en este sentido, deja de ser una sensación individual para convertirse en la textura misma de la vida social. Hasta ser cansancio político.
El peronismo, históricamente motor de esperanzas y movilizaciones populares, aparece hoy debilitado, dividido, sin capacidad de ofrecer un horizonte común. El vaciamiento es institucional y colectivo. Las promesas cambiaron de nombre y se volvieron más frágiles. Todo siempre está por romperse. Nos pasamos haciendo cálculos para saber en qué momento, así nos vamos preparando. La fatiga se hace doble: la del ataque neoliberal y la de la pérdida de fuerzas propias.
La filosofía de nuestro tiempo ya pensó este fenómeno. Byung-Chul Han habló de la sociedad del cansancio, donde el mandato no proviene de un amo externo sino de la autoexplotación: producir, rendir, ser eficiente. En la Argentina, esa sociedad del cansancio se superpone a un contexto político donde los derechos conquistados se erosionan. Es una combinación perversa: agotamiento por el exceso de exigencias, sumado a agotamiento por la pérdida de seguridades mínimas. El cansancio se distribuye de manera desigual: lo sienten con más crudeza las mujeres que sostienen hogares enteros, los trabajadores precarizados, los jubilados que no llegan a fin de mes, los jóvenes que encadenan changas sin horizonte. El cansancio se constituye como una categoría política: señala quiénes cargan más peso en la crisis, quiénes pierden energías en sostener lo que otros derrumban.

En la tradición argentina, el cansancio no fue nunca un dato natural. El peronismo, por ejemplo, se presentó como una fuerza vital capaz de revertir la fatiga social: descanso pagado, vacaciones, jubilación, organización sindical. Hoy, la ausencia de un proyecto colectivo que recupere ese ímpetu vital genera un vacío difícil de llenar. El cansancio se vuelve, entonces, una experiencia de orfandad política. Durante décadas, amplios sectores de la sociedad encontraron en el peronismo un refugio, un horizonte común, una casa a la que volver en tiempos de crisis. Hoy esa fuerza aparece debilitada, fragmentada, incapaz de proponer un futuro compartido. Y lo que ofrece la derecha en el poder no es amparo, ni nada cercano al bienestar para todos y la igualdad de oportunidades. Entre la promesa vaciada y el sacrificio impuesto, nadie parece cuidar, nadie parece hablar en nombre de las mayorías. La ausencia de representación y la dificultad de imaginar un futuro común.
Ese cansancio también se alimenta de la contradicción permanente entre lo que se castiga y lo que se tolera. Un país donde la hermana del presidente puede enriquecerse en la gestión sin que nada se mueva, mientras otra presidenta es condenada por corrupción en un proceso judicial discutido, desgasta a la sociedad entera. La fatiga se multiplica cuando la justicia parece selectiva, cuando la vara cambia según quién gobierna, cuando la indignación es administrada con doble estándar. El cansancio se vuelve descreimiento: nos cansa la escasez material y la certeza de que las reglas nunca se aplican igual para todos. Nos agota el peso acumulado de la historia que no termina de resolverse. Nos cansa la desigualdad, la pobreza, la casa, el parque, el colectivo…
¿Cómo leer todo esto si estamos cansados? ¿Cómo salir a marchar a las calles? ¿Como militar en partidos? ¿Cómo ponernos una camiseta y salir a pelear con ella, por ella? ¿Cómo dejarnos ganar una y mil veces? El cansancio no es destino, ni derrota como estamos viéndolo constantemente. El cansancio es el pasito previo a despedirse de todos, de todo. El cansancio argentino es real, se palpa en cada casa, en cada bolsillo, en cada calle. Tenemos que reconocerlo como categoría política, sino no podemos entender que no se puede gobernar solo sobre el desgaste, que tiene que haber un límite. Que en algún punto el cansancio, acumulado y compartido, tiene que volverse otra cosa: otro pueblo, otras palabras, una patria
El escándalo del tres por ciento que compromete a Karina Milei es una denuncia más de corrupción, un golpe a la credibilidad de un gobierno que se proclamó enemigo de la “casta” y que construyó su legitimidad en torno a la idea de sacrificio. La justicia que persigue selectivamente y la política que administra privilegios terminan por desgastar más que la crisis material. El cansancio argentino, entonces, proviene únicamente del ajuste, de la pobreza y de ver cómo se derrumba el relato de quienes gobiernan y cómo se degrada la confianza en cualquier proyecto común. El descreimiento no surge de la nada: viene de la distancia entre lo que se exige a unos y lo que se tolera a otros.
Somos sujetos que se autoexplotan hasta la extenuación y queremos convencernos de que el cansancio es responsabilidad individual. Radicalizamos el modelo: se nos pide soportar el ajuste como virtud mientras la impunidad se multiplica arriba. En la sociedad del cansancio, el poder se administra agotándonos para que no tengamos fuerzas para reclamar, ajusticiar, militar nada. Pero todavía, creo, no se puede gobernar solo sobre el desgaste. Que en algún punto el cansancio acumulado tiene que volverse límite, el límite que pongamos para que vuelva a emerger lo político. Para construir esa voz que nos diga al oído cuando más cansados nos estamos sintiendo: “vengo a proponerles un sueño”. Que nos invite a salir a dar una demostración de conciencia popular muchísimo más grande que la que empujó a Espert a que se subiera más rápido a la motito de la fuga. Y podamos dormir, podamos volver a casa, jugar con nuestros hijos, leer un libro, mirar una peli, cocinar rico, comer charlando, comer sentados, sin tomar medicaciones, ni tener acidez. Sueños concretos, reales, situados. De territorio y sujetos. Un sueño que nos permita, alguna tarde libre, mandar un mensaje “¿querés que hagamos algo?”.
Y diseñar, tranquilos y con pausas, la sociedad del descanso.