El tractorazo misionero, memorias de allaité.

Recordamos el tractorazo yerbatero que ocurrió en Misiones en el 2002. La gran protesta cristalizó la disputa por la distribución de la renta y puso en evidencia las desigualdades sociales.

Todavía hoy la yerba mate es una actividad organizada principalmente por agricultores de pequeña y mediana escala. A pesar de las cíclicas crisis económicas que han caracterizado a su historia y de los embates del neoliberalismo que comprometió fuertemente a las franjas medias y bajas de la agricultura, en la actualidad alrededor de diez mil familias productoras de Misiones se dedican a este cultivo tradicional. 

La yerba mate es casi una excepción a la tendencia de la agricultura global, que ha avanzado no solo sobre los mercados, sino también sobre los territorios productivos. Se trata de uno de los últimos cultivos de renta forjados en el siglo XX que todavía se sostiene con el trabajo de actores tradicionales de la agricultura familiar. Esto se ha logrado a partir de fuertes cuestionamientos: en la década de 2000 la actividad yerbatera fue una de las primeras en conseguir la creación de un mecanismo de regulación, el Instituto Nacional de la Yerba Mate (INYM), luego de una década de desregulación menemista. 

La desaparición de entidades reguladoras (decreto 2284) dejó a expensas del mercado a la mayoría de las tareas que anteriormente desempeñaba el Estado. En 1991, con la disolución de la Comisión Reguladora de la Yerba Mate (CRYM) y el Mercado Consignatario de Yerba Mate Canchada, creció el número de plantaciones al tiempo que la demanda se mantenía estable. Como resultado, el precio de la materia prima emprendió una abrupta carrera descendente. Entonces se produjo una concentración de las ganancias yerbateras en los sectores mecanizados, industriales y supermercadistas, como también una acelerada descapitalización de los productores pequeños y medianos, de muchas cooperativas, de la mayoría de los secaderos, un deterioro en las condiciones de trabajo de los obreros rurales –los “tareferos”- y una consolidación de sistemas de intermediación por medio de contratistas, los “cuadrilleros”. Al final de la década de 1990, la configuración provincial estaba dada por una concentración agroindustrial en la actividad yerbatera y al mismo tiempo una pérdida de relevancia en la economía provincial a partir de la modernización de la actividad forestal. 

De las chacras a la plaza, ¿qué fue el Tractorazo de 2002? 

El tractorazo de 2002 fue una protesta protagonizada por colonos y colonas provenientes de las chacras misioneras de Oberá, Los Helechos, Alvear, Campo Viera, Apostoles, Jardín América, Andresito, Eldorado, Leandro N Alem, etc. Se trasladaron con sus maquinarias, vehículos y herramientas –deteriorados por el tiempo– a la principal plaza de la capital provincial, frente a la gobernación. Dos décadas después, esa plaza política está muy cambiada. Dicen las malas lenguas que las reformas urbanas apuntaron a desmovilizar y evitar las protestas en ese espacio público de una ciudad que se pretende turística. 

Existe un antecedente inmediato. En 2001 ya hubo un tractorazo, prácticamente con las mismas características, solo que duró 17 días. Luego, en febrero de 2002, el Congreso de la Nación aprobó la ley de creación del INYM. Sin embargo, la falta de reglamentación dio continuidad al sistema de empobrecimiento. Ambas protestas (la de 2001 y la de 2002) se produjeron a finales de mayo. Esta época del año se relaciona con un ciclo agrario muy importante para los productores, pues coincide con el período de inicio de la cosecha de la yerba mate. 

En marzo de 2002 la cosecha volvió a arrojar bajos precios para la materia prima. Este contexto de malestar favoreció a la gestación de un nuevo tractorazo, esta vez con protagonistas más decididos. Para llegar a la plaza la caravana de tractores tuvo que pasar por retenes, dilaciones y la represión policial. La policía trató de obstruir el paso de los tractores en las rutas nacional Nº 12 y provincial Nº 14. Las detenciones se produjeron en Candelaria, San José, Puerto Rico, Eldorado, Leandro N. Alem y Posadas, dejando heridos y numerosos daños materiales. Cabe destacar que la marcha de los tractores “opacos”, como los llamó un músico misionero, fue acompañada por cientos de acciones creativas que instalaron las demandas de “precio justo” y “dignidad para la familia yerbatera”. 

Los yerbateros ingresaron a Posadas el 29 de mayo de 2002 en medio de una ovación de docentes, comerciantes, desocupados, médicos y estudiantes, entre otros y otras. Al día siguiente, los colonos y colonas decidieron quedarse por tiempo indeterminado hasta conseguir una respuesta concreta a sus reclamos. Fue así que actores agrarios -algunos con sus familias completas- se instalaron en Posadas para, de este modo, hacerse “visibles” y expresar sus demandas. Por ese entonces se dio la aparición de nuevos gremios de productores que prácticamente suplantaron a organizaciones tradicionales. 

El acompañamiento de tantos sectores trabajadores conmovió a la opinión pública misionera. En efecto, la protesta pudo sostenerse por casi dos meses intensos y fríos debido a la enorme solidaridad recibida por parte de otros sectores gremiales, religiosos y sociales de Misiones. Todavía hoy se recuerda con particularidad el gran acto del 9 de julio de 2002, con una plaza colmada de gente. Muchos coinciden en que quizás esa fue la última vez que tantos sectores heterogéneos de esa provincia coincidieron en un mismo espacio público con un grito unificado. 

Memorias desde abajo… 

A fines de mayo del corriente año, docentes, investigadores, estudiantes y graduados/as de la Universidad Nacional de Misiones (UNaM) convocaron a recordar lo que para algunos fue una “gesta”, para otras una “hazaña” y para la mayoría influyó en el curso de esa historia reciente. La actividad se llamó “MateCocido productivo: a 20 años del Tractorazo de 2002”, apeló a la reconstrucción de la memoria y el debate político a partir del diálogo con colonos y colonas. La actividad contó con una amplia participación de personas que fueron parte del arco de solidaridades, aunque también hubo jóvenes estudiantes que ni siquiera habían nacido. 

“¿Qué es la memoria y por qué es importante recordar?” fue una de las preguntas disparadoras por parte de uno de los coordinadores universitarios, Johann Sand, estudiante avanzado de la carrera de antropología social y también hijo de uno de los colonos de la Asociación de Productores Agropecuarios de Misiones (APAM), Hugo Sand. Otros/as de los colonos/as que participaron de la actividad, de los tractorazos y de la redacción de la ley que originó el INYM fueron: Enrique Kuszko, Juan Tarasiuk, Carlos Ortt, Jorge Haddad, Julio Petterson, Jonas Petterson, Nelson Dalcolmo, Claudio Marcelo Hacklander (los tres últimos, actuales directores por la Producción en el INYM), Néstor Mato, Bety Yabloski, Elsa Pawluk, Carlos Gans, Mirta Pires, Oscar Luis Mancini, Mirta Pires, Argentino Almeida, Ismael Krasowski, Ivan Sand, Oscar Siruk y Amalia Radovancich. También estuvieron presentes dirigentes sociales como  Federico Padolsky, Felipe Mazacote, Victor Rosenfelt, Juan Pasaman, Mónica Gurina, Bettina Páez, Salvador Torres del emblemático Movimiento Agrario de Misiones (MAM), entre otros/as. 

Momentos de extrema emoción se vivieron al homenajear a los colonos y colonas que ya no están y traerlos al recuerdo con sus luchas y virtudes. Así la palabra del hijo de Carlos Minoura, un colono de Jardín América fallecido poco después del tractorazo, fue recibida entre aplausos y lágrimas. Otro momento emocionante fue la reconstrucción de una foto de una madre colona sobre el tractor y su hija, 20 años después, pero en la imagen presente se suma además la nieta, porque en dos décadas partieron algunos pero también llegaron nuevas y hermosas vidas. Esta situación y otras tantas dieron el contexto y la oportunidad para reivindicar el papel fundamental de las mujeres colonas en la historia de los tractorazos y de las luchas yerbateras. La presencia de estas trabajadoras fue por años silenciada, ocultada y olvidada, pero allí estaban para decir una vez más “aquí estamos y somos muchas más”. 

La memoria construye pertenencia. Además es un elemento fundamental de los procesos identitarios porque fortalece las confianzas y los colectivos. Pero la memoria está siempre en disputa. El discurso oficial se encarga de la construcción de un acontecimiento que resulte cómodo a los grupos de poder, donde los responsables de las represiones ya no son tales. Así los sectores del poder empresario forjan un sentido y una historia “desde arriba”. En cambio la memoria “desde abajo” es la construcción narrativa surgida de la mirada y las experiencias de los/as trabajadores/as. La memoria popular apela al reconocimiento de las emociones y al encuentro desde la conversación. Para algunas personas, pensar en el tractorazo es doloroso. Hubo quien, al recordar, rompió en llanto. Las realidades de los actores subordinados y subalternos distan de las ficciones con final feliz. Pero en el encuentro está también la motivación, la esperanza y las ansias de alimentar ilusiones y acciones recíprocas. 

La memoria desde abajo sirve para democratizar las comunicaciones. Acontecimientos como el asesinato de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, que también este año ha cumplido 20 años, se convierten en emblemas cargados de sentidos para la Argentina movilizada, impactando en cada rincón de nuestro país. Sin embargo, a veces pareciera que la historia de la capital es por obligación la de las provincias, porque los relatos instalados por los medios de comunicación hegemónicos permean las realidades locales, pero no ocurre lo mismo en el sentido contrario. Salvando las distancias, al igual que con Las Vegas, los dramas de las provincias se quedan en las provincias. 

El INYM: una herramienta necesaria, pero cuestionada. 

El INYM es un ente de derecho público no estatal con jurisdicción en el territorio nacional. Su objetivo se encuentra definido en el artículo 3 de la ley N° 25.564: “Promover, fomentar y fortalecer el desarrollo de la producción, elaboración, industrialización, comercialización y consumo de la yerba mate y derivados en sus diferentes modalidades de consumo y usos, procurando la sustentabilidad de los distintos sectores involucrados en la actividad”. 

El INYM realiza tres acciones principales: a) la fijación anual del precio, que debe decidirse en la mesa de directorio, por unanimidad entre todos los representantes de los actores de la cadena productiva; b) la difusión del producto para incentivar su consumo, para lo cual los directores realizan viajes y participan en ferias y congresos, entre otras actividades de divulgación; c) el desarrollo del Programa Regional de Asistencia al sector yerbatero, que apunta a capacitar y asistir a todos los sectores involucrados en la actividad. 

Si bien desde su fundación se ha logrado un incremento en los precios correspondientes a la producción primaria, la institución está lejos de contar con un desarrollo armónico y hasta ahora recibe fuertes críticas. El INYM ha realizado una tarea de promoción del producto a través de su área de marketing, con la intención de aumentar y diversificar las ventas, además se concretaron proyectos de asesoramiento técnico. Pero las dos actividades que más importan para los productores primarios -la fijación de los valores para la materia prima de la yerba mate y la fiscalización del cumplimiento de los precios oficiales- son al menos polémicas. 

En el precio de la materia prima lo que está en juego es la distribución de la renta yerbatera. La decisión de los valores es una disputa que se da en la mesa del directorio del INYM, pero también, que la excede; la problemática afecta la agenda mediática y también la gubernamental. La fiscalización para el cumplimiento de los precios oficiales despierta críticas desde diferentes sectores, pero fundamentalmente desde los colonos y colonas, quienes quizás todavía ansían revivir los tiempos del “oro verde”, esos que al parecer ya no volverán.

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