Bulas cloacales

El Stornelligate destapó el trasiego de poder y favores en el mundillo judicial. Las peripecias del doctor Archimbal, un abogado con pasado de juez especializado en la promoción de indulgencias.

El 15 de febrero, justo cuando el fiscal federal Carlos Stornelli recorría ciertos programas de TV para proclamar su hombría de bien, supo que su compinche, el traficante de influencias Marcelo D’Alessio, había sido detenido a raíz de su aventura extorsiva sobre el empresario Pedro Etchebest. Quiso la providencia que aquel mismo día hubiera otra denuncia por chantaje contra ellos, esta vez efectuada –también en el juzgado federal de Dolores– por Sebastián Barreiro, en nombre de su padre, Ricardo (quien estuvo bajo arresto por la causa de las fotocopias), y su hermano Pablo (quien fue secretario de Cristina Fernández de Kirchner).

 

En rigor, tal acusación contra D’Alessio es en grado de “tentativa”, ya que esas codiciadas presas también fueron “caminadas” por otros promotores de indulgencias: los abogados Luis Vila y Fernando Archimbal. Ellos fueron los vencedores de aquella puja –diríase– comercial, habiendo obtenido 40 mil dólares únicamente para que los Barreiro fueran recibidos en su despacho por Stornelli. Aquella suma era el adelanto de los 250 mil presupuestados –según la denuncia– para excarcelar a don Ricardo, evitarle a Pablo una temporada detrás de las rejas y dar por concluida la persecución a la familia.

 

Cabe resaltar que el protagonismo del doctor Archimbal en este asunto no es un dato menor. Su figura calva y gordinflona simboliza el lazo entre la política, los servicios de inteligencia y el universo judicial. Un lazo que hasta incluye al actual Presidente. He aquí algunos pantallazos de su vida y obra.

 

El enviado de Macri

Durante la mañana del 21 de abril de 2010, el juez federal Norberto Oyarbide se encontraba cavilando en su despacho del tercer piso de Comodoro Py. Por entonces instruía el expediente de las escuchas telefónicas efectuadas de modo clandestino desde el Gobierno de la Ciudad. Era una causa muy sensible que ya tenía entre sus procesados al espía Ciro James, al jefe de la Metropolitana, Jorge “Fino” Palacios, y al ministro de Educación, Mariano Narodowsky. En tanto, el público aguardaba con interés los llamados a indagatoria del ministro de Seguridad, Guillermo Montenegro, y del propio alcalde Mauricio Macri.

 

De pronto un empleado irrumpió en su despacho, para decir: “El doctor Archimbal quiere verlo”. Y él, arreglándose el nudo de la corbata, ordenó que lo hicieran pasar.

 

En ese edificio el nombre de Archimbal estaba indisolublemente ligado a la famosa servilleta donde el ex ministro Carlos Corach apuntaba la lista de jueces que le debían obediencia ciega a cambio de los sobres con dinero negro que la SIDE, durante la época dorada del menemismo, les repartía cada mes. Él había estado al frente de un juzgado federal. Luego pasó a ser camarista en San Martín. Finalmente se destacó en el núcleo de ex magistrados que el jefe de la SIDE, Hugo Anzorreguy, supo reclutar personalmente para que pudieran desplazarse por los pasillos del Poder Judicial sin llamar la atención. Eran los comisarios políticos de sus antiguos colegas. Y Archimbal fue uno de los más activos.

 

Sus servicios como operador judicial de la SIDE menemista quedaron al desnudo cuando viajó a España para entrevistarse con el juez Baltasar Garzón. Tenía la misión de impedir la extradición a España de la cuñada presidencial, Amira Yoma. También fue abogado defensor de otro cuñado –Emir–, además de representar a los ministros Roberto Dromi y Erman González en sonados casos de corrupción.

 

Durante la presidencia de Fernando de La Rúa, pasó a ser la persona de confianza del Señor 5 de la Alianza, el banquero Fernando de Santibañes. Éste le confió una tarea delicada: el manejo de los recursos secretos de la SIDE.

 

En 2000, Archimbal intentó frenar la extradición a España del represor argentino Ricardo Cavallo, quien había sido detenido en México. El salvataje hacia él (ideado por Archimbal con la colaboración de la camarista Luisa Riva Aramayo) consistía en activar una causa penal en la Argentina por apropiación de bienes de desaparecidos. Pero ya en Buenos Aires, Cavallo sería puesto en libertad por insuficiencia de pruebas. El plan falló por una serie de torpezas burocráticas.

 

Sin embargo tal fracaso no hizo mella en su prestigio. Cada cumpleaños suyo era un ejemplo del poder que detentaba. Sus fiestas solían ser un desfile de jueces, funcionarios de turno, periodistas y empresarios.
Ese miércoles Oyarbide lo vio aproximarse a su escritorio por el rabillo del ojo, sin alzar la cabeza. Y Archimbal le extendió una mano fría y húmeda.

 

A continuación, para romper el hielo, dijo que la suerte de Montenegro “ya está echada”. Y ante la creciente sorpresa del juez, agregó que él sería su reemplazante ministerial. Por último reconoció que estaba allí por pedido de Macri. Sobreactuando decoro, Oyarbide interrumpió el monólogo para invitar del visitante a retirarse.

 

No era la primera vez que Macri intentaba abordarlo. De hecho, un par de semanas antes había simulado un encuentro casual en el spa Colmegna, de Sarmiento al 1800.

 

Oyarbide ocupaba una de las mesas del restó-bar envuelto en una toalla blanca cuando Macri se le arrimó, también con una toalla en la cintura. Hubo el siguiente diálogo:

– ¿Cómo le va, ingeniero?

–A mí bien, doctor. ¿Pero qué tiene usted conmigo?

–Es mi rol. Y en algún momento lo voy a tener que citar.

–No tengo nada que ver con esas acusaciones.

–Entonces no tiene nada que temer.

 

El fracaso de aquel abordaje fue estrepitoso, pero evidentemente Macri no estaba dispuesto a tirar la toalla y por eso recurrió a los buenos oficios de Archimbal, quien también fracasó.

 

Por un puñado de dólares

Lo cierto es que en su edición el 25 de abril de 2010, el semanario Miradas al sur publicó un artículo de su visita a Oyarbide. Dicha crónica también incluía un resumen de su sinuosa trayectoria. Agitando con furia un ejemplar de aquel medio, Archimbal se refirió a Macri con aspereza: “¡Por hacerle un favor a ese pelotudo me metí en un problema!”. Atribuía la filtración de aquella entrevista al entorno de Montenegro, quien lo detestaba.

 

Al día siguiente un emisario suyo se vio con el autor de ese artículo para desmentir los datos del mismo. La versión de Archimbal consignaba que, sin conocer a Macri, recibió de su parte una consulta como abogado a través del empresario Nicolás Caputo. Y sostuvo que su ida al despacho de Oyarbide no existió. Pero el juez, con una risita maliciosa, afirmaba lo contrario.

 

¡Pobre hombre! No suponía entonces que el encono que causó en Macri a raíz de ese expediente propiciaría –seis años después, con éste ya en el sillón de Rivadavia– el estrepitoso derrumbe de su carrera judicial. Acorralado por el Consejo de la Magistratura mientras los medios lo destrozaban, se acogió a la jubilación anticipada. Una injusticia: salvo ciertos deslices irrelevantes en su vida privada, la calaña ética de Oyarbide no desentonaba con el de sus colegas del fuero federal.

 

En tanto, Archimbal siguió hasta ahora tejiendo operaciones, alianzas y favores entre los muros de Comodoro Py. Lo hacía con encomiable discreción desde del estudio jurídico que comparte en la avenida Corrientes al 1300 con el doctor Vila. A ese lugar acudieron los hermanos Barreiro durante la primavera pasada en busca de auxilio profesional.

 

Así comenzó el capítulo de una historia que acaba de estallar en la cara del fiscal Stornelli. Una historia por un puñado de dólares.

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