Anatema sobre Buenos Aires

En su columna semanal, Jorge Dorio nos invita a reflexionar sobre Buenos Aires y el proceso profundo de transformación que esta, hace años, viene atravesando. Mediante anécdotas, observaciones y advertencias, el autor nos incita a preguntarnos: ¿Cómo construimos y mantenemos una resistencia en la ciudad?

De las muchas leyendas apócrifas que circulan sobre la ciudad, una de mis preferidas es la que me contó un sacerdote jesuita con el que una vez cada tanto, compartíamos un trago en los túneles que unen la Iglesia de San Ignacio con el Colegio Nacional. La primera enseñanza de la historia es que, incluso los santos, pueden perder la paciencia cuando los fieles abusan de ellos. Parece que San Martín de Tours se la pasó aguantando iniquidades por largo tiempo. Sus primeras indignaciones tuvieron que ver con la impugnación de los dos primeros comicios que había ganado y atravesar por tercera vez la prueba. Pese a su triunfo, doscientos y pico de años después, durante el bloqueo naval de Francia, fue dejado cesante por el Restaurador sin goce de misa. Finalmente terminó de hartarse por el acoso de un montón de beatos trepadores que solían escarnecerlo con grafittis del estilo “hoy es San Cono, que trabaje el patrono”. El húngaro, porque tampoco era francés como suele promocionárselo, decidió castigar a la ciudad con una especie de plaga selectiva que en algunos vecinos generaba amnesia, en otros una ceguera irredimible ante lo real y en un pequeño grupo, terraplanismo agudo.

El castigo no era perpetuo, pero si el santo se olvidaba de levantarlo, el efecto continuaba. La ocasión más reciente habría empezado hace unos quince años. Mi escepticismo ante este tipo de fenómenos empezó a flaquear en los últimos días a partir de sucesos banales pero extrañamente ligados entre sí. Todos son de dominio público, así que no me explayaré demasiado sobre ellos. Básteme decir que en un humedal cercano los vecinos definieron como invasión el crecimiento de una población autóctona que llevaba miles de años en la zona. La solidez del derecho de preeminencia fue resuelta mediante el fallo de un juez venal que sostuvo que los carpinchos son históricamente predadores de las motos y otros vehículos de dos ruedas. Este trastorno de percepción agudizó mí siempre alerta circuito paranoico una tarde en la que decidí pasar un rato frente al televisor. La verdad es que a veces disfruto viendo los extensos catálogos de publicidad brevemente interrumpidos por programas de distinta índole. Uno de estos avisos (loable, ameno y justiciero) reivindicaba el consumo local de mate cocido poniendo a esa infusión a la misma altura que el té o el café. El alegato me satisfizo dado que he sido siempre un matecocidista acérrimo, desde mis veranos en Entre Ríos hasta las duras madrugadas del servicio militar. Lo preocupante del tema es que la realidad subyacente del mensaje era que aquellos que optaran por el mate cocido eran inexorablemente vistos como payucas, pajueranos o cabezas de distinto tipo. Es curioso que esto suceda con un fruto local de la madre tierra. Imaginemos por ejemplo un chino jactándose de que no le importa la opinión que recae sobre él por su gusto por el té. Convengamos que el efecto es raro. Uno empieza a tener la impresión de que los porteños, al igual que esos perros bonsai y ruidosos que atacaron los carpinchos, no tienen una percepción clara de sí mismos. La cosa se plantearía así: del mismo modo que un schnauzer enano y gritón ve un carpincho de unos sesenta kilos y dice: “¡Ummm¡, que ratita deliciosa!”, muchos porteños se sienten integrantes de comunidades para las cuales la yerba mate es un producto exótico. O sea vulgares tilingos que creen que hay prácticas que son grasas pero pueden volverse cool.

Sé que estos ejemplos no pasan de ser una mera anécdota, pero sirvieron para despertar en mí la certeza de una conspiración más profunda, vasta y peligrosa, cuyo objetivo final es hacer que la verdadera Buenos Aires quede cubierta por una mezcla de maquillaje arquitectónico, consumos y prácticas sociales que la hagan parecer una escenografía asimilable a los paisajes urbanos de países poderosos. Uno debió empezar a preocuparse cuando los barrios empezaron a ser adjetivados de manera pretenciosa, para no decir estúpida. Acoplados como Soho, Queen, Hollywood, etc. acompañaron un cambio de fisonomía que generó velados delitos como el de encerrar abuelos inmigrantes en pijama y musculosa para que no pudieran disfrutar de las veredas. Del mismo modo la sofisticación gastronómica (ciertamente saludable) condujo a la eliminación de íconos históricos como bodegones, mercerías y verdulerías certificadas por la tierra en el piso, las manos y el delantal del vendedor o locales de refacción de calzado; tintorerías atendidas por sus dueños japoneses y pequeñas ferreterías cargadas de infinitos e insondables recovecos.

A fuer de ser sincero, nunca he tenido una mirada crítica sobre la globalización de ciertas festividades, pero en Buenos Aires la cosa tomó un carácter más alarmante. Olvidadas las fallas valencianas, las fogatas de San Pedro y San Pablo aromatizadas por el olor de la garrapiñada y la  proliferaron con desmesura de celebraciones como San Valentín o Halloween. En el caso del también llamado “día de los enamorados” la ciudad suele desarrollar un aura de la más desagradable versión del color rosa, al igual que corazones flotantes y una miríada de objetos que la historia nacional mantenía sanamente limitados a los negocios de regionales en Mar del Plata. En el caso de Halloween, los desagradables disfraces mal copiados de películas sanguinolentas y previsibles suelen ser acompañados de una práctica que, cuando no es molesta, resulta ser peligrosa: irresponsables adultos estimulan a niños de corta edad, embadurnados y pegajosos, a molestar a cualquier vecino ajeno a la fiesta, interrumpiendo su intimidad y mendigando porquerías causante de caries y exceso en el consumo de azúcares. La contracara de este asedio se da por el riesgo de que los desbocados infantes caigan en la madriguera de algún pedófilo clandestino que empieza a frotarse las manos apenas baja el sol. Para ser honesto, sería justo sumar a estos dos ejemplos el caso de San Patricio. Pero como los irlandeses me caen bien y el que denuncia soy yo, dejaremos el tema para otro momento.

Alguna vez se me ocurrió iniciar una campaña de redención para esta avanzada del cipayismo. Por ejemplo, festejar el 14 de febrero recordando la figura de un morocho número nueve de Boca, pesadilla de Amadeo Carrizo, llamado Paulo Valentín. La iniciativa no prosperó. Con respecto a Halloween pensé que en lugar de los disfraces importados podían utilizarse uniformes de los comandos civiles del 55, caretas de Alfredo Astiz o la ropa de fajina del sargento Chocobar junto a alguna carita de Patricia Bullrich, Javier Milei o la máscara más tradicionalista del nazi Biondini. Muchos de los que escucharon la propuesta me acusaron de querer profundizar la grieta y de promover ejemplos perjudiciales para los niños. Mi argumento sobre los nietos aún no recuperados tampoco los conmovió.

Lo expuesto hasta aquí desde el principio son viñetas dispersas de un observador bastante mal llevado y crítico de la capacidad mimética de la clase media. Pero también es innegable mi condición inequívoca de porteño nacido en Barracas y que los domingos de invierno suele pensar, junto a Horacio Ferrer “moriré en Buenos Aires, será de madrugada”.

Establecido todo lo anterior, ya es hora de revelar el motivo de estas reflexiones. En un ámbito lo suficientemente real como para no andar haciéndose el gracioso, lo cierto es que Buenos Aires está viviendo un proceso mucho más profundo que las pequeñeces enumeradas que va corroyendo poco a poco la identidad histórica que hizo de este puerto el hogar de milagros como el tango, los barrios de inmigrantes mezclados, la solidaridad vecinal de una infancia que mal o bien, tenía perfecta noción del enorme y diverso país que rodeaba la metrópolis. Esa ciudad, cada vez más oculta, fue capaz de soportar afrentas como el enorme mausoleo que homenajea al fulano que contrajo la primera deuda externa. Al vendepatria en cuestión — estamos hablando de Bernardino Rivadavia— le regalaron además una extensa avenida. Ni que hablar de la omnipresencia de Mitre y sus secuaces, la vindicación del delito de insurgencia bautizando a la Plaza de Miserere como Plaza Once. O el festejo del oprobio de la batalla de Pavón en la que se asesinó al federalismo. A pesar de esos esfuerzos y de historias de terror veladas celosamente como el bombardeo de población civil por militares y cómplices civiles de esta misma nacionalidad, Buenos Aires siguió resistiendo.

Mi temor, mi sospecha, mi advertencia y mi convocatoria es que estamos viviendo los días de la ofensiva final, refugiados como podemos, en la ciudad oculta. De esas cosas concretas se ocupará con detalle y voluntad militante esta columna antes de que alguna topadora nos alcance y los rufianes se salgan con la suya.

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