Albertismo en tiempos de crisis: Estado, solidaridad y unidad

Frente a la pandemia del Coronavirus, "Alberto Fernández ubica al Estado como director técnico que rescata, diseña y diagrama las estrategias", afirma el autor. La narrativa como método de combate.

En un contexto de pandemia, cuarentena y contención social, Alberto Fernández refuerza conceptos clave y orientadores de su propia narrativa de crisis. Sus intervenciones públicas, de hecho, remarcan la importancia del acto solidario como punta de lanza para garantizar la salud pública, la necesidad urgente de la unidad (“pacto social”, “contrato social”) y la precisa participación del Estado como centro rector de acompañamiento y justeza, a fin de evitar desmanes e infracciones que pongan en peligro a la ciudadanía.

Desde ese plano, en la cadena nacional realizada el jueves 12 de marzo, el presidente se refirió al Coronavirus y subrayó las nociones de solidaridad, unidad y presencia del Estado para combatir colectivamente la pandemia. En ese comunicado de seis minutos, el presidente mencionó al Estado en cinco oportunidades, y en todas las opciones, lo destacó como eje central para la contención social y la puesta en acción de medidas para el resguardo de la población.

Asimismo, en la conferencia de prensa posterior, realizada el domingo 15 de marzo, Fernández habló con soltura y firmeza, acompañado por el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, y el jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta. En esa instancia, la estructura del comunicado fue expositiva, concisa y con una respuesta aún más efectiva: ante la crisis, la participación del Estado cobra mayor relevancia, y la solidaridad del conjunto de la nación es la pieza elemental.

En esa línea de sucesos, las continuas apariciones en redes sociales (sobre todo, en su cuenta de Twitter) y entrevistas con medios de comunicación (especialmente, radiales), permitieron que el Jefe de Estado articule datos semánticos ya destacados en la campaña electoral, ampliamente definidos en reportajes y enfatizados en sus discursos de asunción (10 de diciembre) y apertura de sesiones ordinarias (1 de marzo).

La respuesta está en el Estado

«Por fortuna llegóse a tiempo de evitar la disolución del Estado gracias a la presencia política».
Juan Domingo Perón (1946).

El Coronavirus es una pandemia expansiva -y ultra mediatizada- que se configura como significante vacío para cada gobierno. Las administraciones políticas del mundo le asignan sentido según sus propios contextos de enunciación, sus antecedentes históricos y sus diversos destinatarios. En el caso del Frente de Todos, la situación obliga a replantear objetivos y evaluar modismos a la hora de enfrentar la adversidad y los peligros.

Alberto Fernández ubica al Estado como director técnico que rescata, diseña y diagrama las estrategias. Y en su narrativa, el Estado se establece desde la presencia, la referencia directa ante la crisis y como compañía predilecta de la población. «El Estado está presente y va a acompañar a todos», aseguró en la Cadena Nacional.

De la misma manera, el Estado se anuncia como la columna vertebral imprescindible para la prevención y la contención social, utilizando al máximo las características ministeriales y las posibilidades de articulación entre carteras. “Tranquilizar y brindar protección a la población, actuando según las recomendaciones realizadas por la Organización Mundial de la Salud, las autoridades de los países más afectados y de nuestros expertos y sociedades científicas», dijo también en su mensaje institucional.

Al respecto, la noción de justeza y compromiso con la ley refuerza aún más la característica dirigente del mandatario. El ethos de justicia se despliega en pos del cuidado general, la seguridad de la ciudadanía y la ética en el abordaje de las políticas públicas.

Sobre este punto, Fernández sintetizó su postura de justicia en dos frases posteadas en su Twitter: «No voy a tolerar que un número mínimo de vivos nos tomen de bobos a todos los argentinos», y «Estamos en riesgo y el riesgo no puede ser negocio para nadie». En ambos casos, la puesta en acción presidencial incluyó la fuerza de las palabras: expresión de justeza (ante el aprovechamiento de otros), retórica de la defensa y tono de líder.

País unido, país solidario

“La ayuda social va dirigida a otro sector humano, que el Estado y la sociedad no pueden ni deben ignorar. Es un deber de solidaridad”.
Eva Duarte (1947)

La retórica solidaria no es novedad en el albertismo y es una interpelación efectiva para afrontar el actual escenario de múltiples crisis, vinculado a una cuestión de salud pública y referencia sanitaria a nivel mundial. Sin ir más lejos, en su discurso de asunción presidencial, ya había remarcado la necesidad de “superar el muro de las fracturas” para “crear una ética de las prioridades y las emergencias”, y apelar a una “ética política” que reivindique los valores de la solidaridad y la justicia.

Las declaraciones radiales del presidente (en Radio 10, Mitre y Radio con vos) dejaron en claro la importancia de aislarse y realizar cuarentena como un modo de cuidar a otros y ser solidarios con los grupos de riesgo. A partir de ahí, el llamamiento a la fraternidad y la conciencia ganó relevancia y se convirtió en el eslabón principal de una campaña nacional de colaboración entre ciudadanos y ciudadanas.

En esa línea, el discurso vigente y central de solidaridad se empalma con la exposición de la unidad como forma de tender puentes entre diferencias. Por esta razón, el contacto directo con Rodríguez Larreta -líder de Juntos por el Cambio- permite construir la idea de un oponente situado como adversario, pero no como enemigo o contrincante a expulsar de la conversación.

En esa narrativa componedora -sumamente anti-grieta y ya diagramada por el albertismo-, Alberto confirma su posición en contexto volátil y dinámico. Del mismo modo, subraya la potencia del “consenso” y la sustancial presencia del Estado en la conformación de diálogos y orientaciones para el bien común. “Un país unido en el que cada uno debe comprometerse con los demás y todos con cada uno, empezando por el Estado», recalcó en la cadena nacional.

El vértigo es el camino más intenso

«Siempre atentos y vigilantes».
Juan Domingo Perón (1955).

En el actual curso acelerado y vertiginoso de comunicación de crisis, el gobierno busca no quedarse a destiempo y trabaja minuto a minuto la agenda política y social. En su situación inalterable de emergencia y equilibrio, el discurso de Fernández logra consagrar sus propios conceptos y coincidir con los comunicados de otros presidentes del mundo (Merkel y Macron, por ejemplo).

En la Argentina, los frentes de debate son múltiples y la criticidad del escenario ya es moneda corriente para el Frente gobernante. La irrupción del Coronavirus se convirtió en la prioridad por excelencia y la defensa de la población se instaura como figura elemental para la gestión albertista. En esa trama, la llave de la narrativa se sostiene en los tres grandes pilares destacados: Estado, solidaridad y unidad. Esa es la idea, ese es el mapa, ese es el hecho.

La retórica albertista tiene un marco teórico vasto, que recupera ecos e instancias de otras épocas a fin de afrontar las problemáticas. La complejidad de accionar y llevar tranquilidad en un escenario de pandemia es la tarea fundamental para el presidente. En esa línea, los guiños son amplios y se vuelven alfonsinistas, kirchneristas, cafieristas y también duhaldistas según las circunstancias. La referencia cristinista es la que aparece en menor medida, pero está en puntos específicos. Esa combinación es un plus para el gobierno porque es la marca plural y es su modo de constituir el rol del presidente en el actual escenario democrático.

Por este motivo, en las diferentes intervenciones mediáticas y públicas de Alberto Fernández se vio una confirmación de un liderazgo propio, naciente, que puede incorporar más ribetes de estatismo si la región se convulsiona aún más (cada presidente latinoamericano aborda a su modo la salud pública). La retórica orientada hacia una socialdemocracia en clave peronista es, hoy por hoy, el eje de autoridad para el presidente. Ese híbrido no es un dato menor. Es, quizás, la distinción que permite nuclear muchas voces en una y avanzar hacia adelante en un presente cada vez más frenético.

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